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 15 de Marzo de 2010     ISSN 1692- 0015

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Letras
Enviado por: rodrizales

Nuestra Literatura



ANDRÉS ELÍAS FLÓREZ BRUM









ANDRÉS ELÍAS FLÓREZ BRUM

Nació en Sahagún y reside en Bogotá. Es licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad Libre de Bogotá, especializado en Literatura Hispanoamericana en el Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo, y Magíster en Literatura Latinoamericana de la Pontificia Universidad Javeriana. A continuación una selección de cuentos cortos hasta hoy inéditos, que forman parte de su nuevo libro ¡Alfa, casa y aldea!, que saldrá próximamente.


SOBRE BARROCO

El espacio que se disputan la pequeña araña y la pulga es el mismo que se distingue entre el pliegue y el punto.

A Cristo Figueroa Sánchez

 

LLAMARADA BLANCA

Supe que estábamos enamorados cuando ninguno de los dos podía desviar la mirada.

Contemplábamos desde la playa, brazo a brazo, codo a codo, la garza que sobre el mar, se ganaba el cielo.

 

EL OBSEQUIO DE UN BUEN ARGUMENTO

Andrés, el señor de la ventana de enfrente, me ha parado en el rellano de la escalera.

Me ha insultado y hasta me ha retado a un duelo.

Me ha dicho, de manera acalorada y a gritos: Que yo por qué soy escritor. Que entre a casa y vuelva a salir con los diplomas que me acreditan como tal. Que yo, un pobre diablo, que hasta sin corbata visto, y al cual él tiene que prestarle plata a diario qué iba a ser nada. (La gente se ha asomado por todos lados). Que qué escritor y qué ocho cuartos.

Sinceramente, yo no encontraba qué responderle. Quise argumentar, en tono reposado, que lo era porque había algunos editores que se encargaban de editar, distribuir y vender mis libros. Y que había lectores que se ocupaban de leerlos y que ellos, a vuelta de correo, podrían certificar que yo era escritor. No encontraba o no me salían las palabras.

Expresó, levantando la mano, un rotundo: ¡Qué va!

Y dijo como hablando solo o con la gente que se reunía, sin dejar de gritar, que se iba a poner en la tarea de escribir su novela cumbre. Y que para superar las páginas que yo había escrito, de un arranque, la primera de sus obras, iba a ser de 880 páginas.

Se entró de un portazo, e inició la tarea.

El argumento de la novela a simple oído parecía fácil: "La historia de un hombre que se alimenta de naftalina".

Pero, al parecer, el señor Andrés ha avanzado poco. Pues es tan fuerte y penetrante el olor de la naftalina que cada vez que empieza un capítulo, empieza a vomitar y le toca salir, con la bola cristalina entre la garganta y los dedos, a correr por toda la cuadra y la manzana de los apartamentos para que se le pase el vómito.

 

EL DUENDE DEL CAFÉ Y LA LÁMPARA

Según mi abuela, el primer duende que entró a casa, entró por el alar de palma de la vieja casa.

Venía por un poco de café y azúcar y traía una jarra y una lámpara de aceite apagada.

Pero por un descuido de abuela, al pasar de la sala al cuarto, para ver quién andaba en la oscuridad, tropezó en el quicio y fue a dar contra el espejo de la consola.

El duende se ausentó de súbito por el estrépito de vidrios rotos, olvidando en casa la lámpara de aceite.

No se sabe cómo abuela pudo ver al duende, si éste traía la lámpara apagada y ella dio el traspié apenas pisó la entrada al cuarto.

Lo cierto es que el alboroto en plena oscuridad espantó, tanto a abuela, como al pobre duende.

Ahora, cada vez que mi abuela brilla la lámpara con un trapo rojo y la enciende en la repisa, aparece en las jarras de la alacena, café y panela.

 

CARA DE RULA

(Epifanía de las imágenes)

Al necesitar leña para un asado, mi mamá se vio envuelta en un juego pendenciero.

Pues, cuando yo era chico, mamá era muy dada a los refranes y apodos –aún lo es–. Utilizaba entonces -- y sigue usándolo-- un lenguaje metonímico, o­nomatopéyico e hipocorístico que divertía a las vecinas de la manzana.

Una mañana llamó en voz alta, en una discusión acalorada, "Cara de rula" a la señora que pasaba con sus aguateras vendiendo carbón y leña.

Y la señora de la ventana de enfrente, Placidia Ruiz, no dejó de reírse en todo el día en la trastienda del negocio.

Así que entre la tienda y los frascos, la vecina Placidia, colgó en el mostrador, una rula.

Esperó que pasara la señora de la leña y el carbón.

Y, efectivamente, se desternilló de hilaridad al comprobar el parecido entre la cara de la mujer y la rula.

Ahora, Placidia Ruiz, en su tienda, cuando ve la rula aparece el rostro de la mujer de la leña. Y cuando se asoma a la puerta y va pasando la señora del carbón y la leña, ve la hoja afilada, el mango y el botón que une la hoja al mango del machete.

Además, cuando se ocupa en la trastienda, haciendo las panelitas de leche, y sólo oye la voz de la señora ofreciendo la leña y el carbón, ve la media luna del rostro de mamá en la acera opuesta, acaso accionando las manos en su manera de expresarse.

Y cuando oye a mamá en el andén opuesto soltando refranes y dichos, ve a la mujer de las aguateras que pasa gritando:

"¡Carbón y leña, leña y carbón!"

 

BREVE EPISODIO

Cuando los muchachos vieron que detrás del palo de anón se bañaba Nurely, se subieron en la cerca a espiarla.

Nosotros dijimos vamos a violarla. Y nos fuimos a hurtadillas por detrás del palo de anón, justo donde se bañaba Nurely.

Cuando eso, advertimos que habíamos caído en un lazo, como en una de esas malditas minas quiebra patas. Quedamos colgados patas arriba, expuestos delante de los verdaderos jueces y del público (léase pueblo). Pues, no nos dimos cuenta que entre los muchachos de las puntas del corral estaba Daniel, el de Susana, la casta, el de la Historia Sagrada.

 

OLOR A ARCADIA

Basta conque se entere el lector que vino Mariano.

Mariano vino.

Abandonó su parcela en cuya loma tenía una casa.

De las sabanas, entre Chenú y Sajú, Mariano se vino.

Mariano es bajo y un tanto grueso. Si cierra la mano, se nota que el puño le pesa. Tal vez, el azadón, desyerbando y sembrando la hierbabuena. Habla y saluda con prontitud. Y se calla cuando no ve a nadie en pos de su voz. Viste Mariano, ahora, combinado. Tiene una hermana y… un hijo chico. Ese es todo su cuadro o su aguada pintura. Blanco y negro. O en sepia para que se parezca más a la realidad o a la ficción.

Mariano se vino.

Cuando suspira y recuerda el chicharrón, la yuca y el suero, Mariano se infla y se desinfla. Mariano recuerda el arroz en el plato y el queso en el plato y la yuca en el plato. Ve, de lejos, el bocachico y el bagre…

Mariano, al evocar se infla y se desinfla.

Ya Mariano está, sobre el andén y el asfalto, entre los vehículos, casi desinflado.

Vaya el lector a contar, en sus desvelos, si se desvela el lector por esto, por qué se vino Mariano.





 
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