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 17 de Abril de 2014     ISSN 1692- 0015

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Caminando por el Sur Parte IV - Ricardo Estupiñán Bravo

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CAMINANDO POR EL SUR
Parte IV


RICARDO ESTUPIÑAN BRAVO



ARBOLEDA BERRUECOS

Pero ya que me matáis, matad de balde…
Y ved no me acechéis en los caminos
como viles y cobardes asesinos:
La bala que de frente me señala
mata también como cualquier bala. (Julio Arboleda)

Los pichuelos se atestan de exuberantes flores, el olor a curuba, chirimoya y hobos inundan el espacio de fragantes aromas en perfecto compás con el sonido de los chuloíses en los arbustos. Los cuscungos no tardaron en anunciar su lamento de terror.

En el alto de un eucalipto se posó una garza blanca. Las golondrinas se fueron y asomaron las tijeretas. Antonio José de Sucre casi se desgarra el pecho de un suspiro. Cuscungos, garzas y tijeretas nunca presagiaron cosas buenas. Al ingresar a la enmarañada montaña de breñas y abismos rocosos se arrepintió por no seguir el consejo del Libertador de volver a Quito, atravesando Mamaconde. Súbitamente se acordó de las gloriosas batallas de Pichincha, Ayacucho, el Portete de Turquí, el paso por la presidencia de Bolivia y su enorme admiración por Bolívar. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando pensó en el General Juan José Florez.

José Rodríguez, Juan Rodríguez y José Erazo, forajidos de los caminos, se adelantaron a la caravana de Sucre; vinieron a esperar al Hueco, allí mismo junto al Agua de los Robles. Se toparon con sus compinches, los Noguera y Benavides.

José Erazo, salteador del Mayo se quedó entre los matorrales de analulos y charmoyales. Los Nogueras se colocaron detrás de un cindayo -el bello árbol de cuyas nueces los niños hacen los zumbabicos-. Los Benavides, atracadores del Guáitara, aguardaron a una mayor distancia, junto a un arbusto de granadillas. Una garza se trepó en ese árbol y una granadilla le cayó a uno de los hermano Benavides. Recordó el mal augurio y se echó la bendición. Estaba boquiseco. Eran las diez de la mañana del cuatro de junio de 1830.

Una hora más tarde, Sucre venía a la distancia escoltado de su corta caravana. Había andado no más de cuatro millas. En el preciso instante en que el Mariscal se metió al Hueco de los Robles -próximo al Alto del Arenal- en un recodo del camino, de la espesura del bosque salió un tiro y luego tres más que hicieron blanco en el pecho y espalda del prócer. Disparos certeros de fusil prorrumpidos de los matorrales a siete metros de distancia destrozaron su pecho, cayó de espaldas, viendo el pleno día que oscurecía. Ay balazo alcanzó a decir con voz profunda, ronca y eterna -exclamación lastimera que acompañó su caída de la mula- y se desmoronó, llevándose la gloria, las victorias y la traición.

José Sarria disparó en el momento preciso en que los espantosos cuscungos zumbaban entre los matorrales.

Consumado el crimen, uno de los Rodríguez se amilanó tanto que se desplomó al pozo del Agua de los Robles, si no es por su hermano se ahoga.

El cuerpo de Sucre, quedó abandonado en la mitad del camino. Tenía apenas 37 años de vida. Sus camaradas huyeron, pero volvieron varias horas después cuando el silencio había colmado el espacio y no había rastros del Mariscal.

El comerciante Elías Medina, encontró el cadáver enlodado en la vía. Al rato llegó Manuel de Jesús Narváez, peón de la hacienda La Alpujarra. Con el auxilio de otras personas transportaron el cadáver de Sucre desde Los Robles, hasta La Capilla, a la casa que hoy ocupa Florentino Martínez.

Mientras cavaban la sepultura, el cadáver fue puesto en dos bancas unidas, le encendieron una vela y lavaron su ropa. En el acto de sepelio, Lorenzo Caicedo, ordenanza del ecuatoriano García Tellos y unos hombres enviados desde La Venta, peinaron y cubrieron reverentes la cara del Mariscal con un pañuelo y lo enterraron -con el vestido de viaje- en el rústico cementerio de difuntos pobres. El mismo Lorenzo colocó una cruz de madera en la cabecera del sepulcro.

El Profesor José Eraso del Colegio Juanambú entre sus recuerdos y sueños que brotan como jigrada de arracachas en medio de los chuloíses en los matorrales, escribiría: Así me gusta tu muerte, hecha de sencillo material de tu vida, como el barro y el polvo. Oh Mariscal sin estrellas ! descansa así, simplemente vestido de hombre, bajo la mirada de Dios. Reposa bajo la hierba del campo, que tras los años vendrá un reverdecer y cinco naciones te saludarán. Amigo de Bolívar, prepara el camino hacia la eternidad, que el Libertador viene detrás.

Los días posteriores desfilaban en romería los campesinos de la Loma de Maruchilla, el Tauso, el Toronjal y Rosa Florida; sin embargo, antes de almorzar sango con patas, untan sus manos en el polvo de una sepultura con cuerpo ausente.

Detrás del asalto, Juan Rodríguez -uno de los asesinos de Sucre- cabalgando hacia Taminango vio una garza que volaba sobre él, se apeó para implorar ante el mal augurio. Sobre las rocas observó al Mariscal Sucre que desde lo alto del Arenal le señalaba con el dedo. Su grito de pánico se escuchó en las Achupallas y se desplomó fulminado por un infarto. Lo inhumaron allí mismo sobre la orilla del camino en donde los cuzcungos no lo dejarían dormir en paz. Las garzas tumbaron la cruz.

En el Cerro El Arenal y en el Juanambú, pasando por La Cañada, el Pedregal, Tierras Blancas, Chiriurco y la Cascada Chinchano, el Guando se pasea en un anda de inmensas teas transportada en hombros por doce fantasmas que conducen volando al grupo de verdugos del Mariscal. Juan Pacinga los miró y casi se lo llevan.

En las noches de invierno cuando se oye el espantable canto del cuzcungo, los hombres se santiguan en secreto.

***

Treinta años después, en el mismo sitio, el Cerro el Arenal arrancó la vida de Julio Arboleda, quien viajaba acompañado de sus tenientes, ayudantes, edecanes y el famoso batallón de los Verdes. Junto al general y poeta, su ayudante García y los edecanes Gregorio Arboleda y Jacinta Luna. Un soldado con uniforme idéntico al de Gregorio, con un trabuco apoyado en la maleta sobre el pecho lo seguía. Desprevenidos caminantes saboreaban panuchas y envueltos de yuca debajo del radiante sol del mediodía.

Julio Arboleda en la cuesta del Arenal cabalgaba un caballo negro de piel brillante. Vestía pantalón y camisa de manta blanca, ruana gris, sombrero de copa baja y alas anchas. Trepaba por la trocha. La comitiva coronaba el dorso de la loma, caminando en desfilada por una senda estrecha, cerrada por el bosque. El desconocido soldado disparó el trabuco por la espalda de Arboleda quien se inclinó sobre el arzón de la montura. Transportado a casa de Beatriz Viveros, luego donde Ana Martínez en la Hacienda Olaya, cercana a los declives del Juanambú, Arboleda herido el 12 de noviembre de 1862, murió al día siguiente.

***

El brujo de Chiripagua con su conjuro hizo de la piedra del sol un canto divino, la luz sublime del entendimiento, materializado en una hermosa doncella que vino a explicar el bien y el mal, el día y la noche, el hombre y la mujer, el amor y el odio, la paz y la guerra.

Todo pudo conjurar el brujo de Chiripagua, menos el odio y la guerra.

BARBACOAS

El oro de la libertad americana
fue extraído de Barbacoas
como no alcanzaron las mulas
llenaron dos mil canoas
(Aurelio José Reina)
Barbacoas, año de 1622

Los primeros negros vienen con marca real en el pecho derecho y en la espalda izquierda. Yo D. Pedro Mosquera vendo a D. Nicolás Velasco y Arboleda, tres negros bozales, dos hembras y varón, de casta congos, errados con la marca de enfrente, con todos sus tachas, vicios y defectos, enfermedades públicas y secretas por de alma en boca y costal de huesos. De ahí proviene el Mito de los mineros del Guelmambí:

Antes de que nosotros, los negros llegáramos,
los indios vivían aquí en este mismo sitio.
Los indios vivían debajo de la tierra y comían
oro en platos de oro y bebían oro en tazas de oro
y sus hijos jugaban con muñecas de oro.
Cuando nosotros llegamos, los indios huyeron,
por debajo de la tierra hacia las montañas
donde comienzan los ríos. Cuando salieron,
grandes pájaros blancos los atacaron, los desangraron….
Pocos indios quedaron vivos. Pero antes de huir,
los indios cogieron todo el oro
y sus tazas llenas de piñas de oro y las muñequitas de oro
y despedazaron todo con pies y manos.
Y volvieron todo polvo de oro !
….Ahora, nosotros los negros tenemos que rompernos el cuerpo
para encontrar el polvo de oro y poder mantenernos vivos
en los sitios donde antes vivieron los indios….

***

El primero de enero de 1821, el Coronel patriota Angel María Varela, siguiendo las órdenes de Bolívar se presentó con el fin de conseguir recursos para la gesta libertadora. Solicitó dinero a las familias más acaudaladas. No satisfecho con esto, se dirigió a la iglesia cuyas imágenes tenían bellos ornatos de plata y alhajas. Mandó a sus soldados que tomaran en préstamo las joyas que cubrían los altares. Al cabo de cuatro horas, apiñaron dos quintales de plata labrada del altar mayor y las pilastras interiores. Tres arrobas de oro de las coronas, los rosarios, la pesada custodia y el delantal de la Virgen de Atocha, patrona de Barbacoas.

La noticia del préstamo circuló como fuego a todas las damas del pueblo y a las de Pispián, Alto Telembí, Playa Grande, Guelmambí. Centenares de mujeres en asonada se metieron a la plaza y al templo a impedir que se carguen las sagradas reliquias. El cura Juan Francisco Paladines y Romero sollozaba de dolor ante el obligatorio desprendimiento.

Las mujeres hablaron, propusieron al Coronel, cubrir entre todas el peso equivalente a las prendas de la iglesia. El negocio fue aceptado por Varela. La emoción, desprendimiento y generosidad de las barbacoanas tuvo alcances históricos. Al día siguiente colmaban el peso del delantal sagrado de dos arrobas de oro, sesenta amatistas, setenta esmeraldas y diamantes con sus joyas, aretes, pulseras, anillos, cadenas.

Liberata Batallas, cubrió el valor de la formidable custodia cuajada en doscientos treinta y tres diamantes, esmeraldas y amatistas a cambio de oro macizo de veintiún libras y oro en polvo cargado sobre la cabeza de una morena esclava. Inés Gómez de la Rúa, compensó el valor del delantal de la Virgen, formado por láminas de oro en acabado artístico.

Las demás: María Josefina Salas, María Estacio, Ana González, María Jerónima Díaz del Castillo, Gregoria Cortez, Flora Ferrín, Valentina Preciado, Rosa Serrano, Luz Sevillano, Juana Ortiz, Fermina Zamora, Justa Villegas, María Preciado, Vicenta Requejo, Javiera Requejo y Valentina Serrano, reunieron en oro el peso e importe de las joyas, en un ejemplo histórico de heroísmo patrio y religiosidad.

Así, los oficiales patriotas retornaron los zarcillos de catorce topacios, los collares, los prendedores, las cadenas, los cálices -todo en oro- y ciento treinta y tres chispas de diamante. Devolvieron también: el rosario de oro con ciento diecinueve perlas, las dos coronas de oro, una de la virgen con amatistas y otra del niño con seis rubíes y una esmeralda con figura de aguacate. Con las piedras preciosas, las piezas de plata pesaron en conjunto tres quintales. El Coronel Varela abría sus enormes ojos pesando en la balanza un chorro de alhajas, oro en polvo y en barras, que salvaban los caudales de la Virgen de Atocha.

Al mismo tiempo, decenas de mujeres provenientes de Pigalpí, Soledad Grande, Guapilipí, acudían con libras de oro a implorarle al Coronel Varela, dejase a la virgen con sus regalos.

El rescate de las joyas de la Virgen de Atocha, revelaba los fabulosos caudales que corrían por los ríos de Barbacoas cargados de oro: el Telembí, el Patía, el Maguí.

***

A partir de su fundación por Francisco Parada en medio de los ataques de los bravos Sindaguas, Barbacoas ha sido la despensa aurífera de América. Desde el año 1550, seiscientas libras de oro envió Barbacoas cada año a la monarquía ibérica. Los esclavos recibían pago si llenaban una totuma de oro cada día.

En el mes de mayo de 1824 Barbacoas fue incorporada definitivamente a la república. Estaba resguardada por una pequeña fuerza de cien veteranos bajo ordenes del teniente coronel Asencio Farrera y del teniente coronel Vicente Parra. Se encontraba también el teniente coronel Tomás Cipriano de Mosquera -gobernador de Buenaventura- visitador de la provincia. El 29 de mayo, Mosquera tuvo conocimiento de que iba a ser atacado, entonces prometió a los esclavos darles libertad si se enrolaban a las filas.

El 30, avanzaron por el río Telembí pero fueron arremetidos por los realistas. Se ahogaron treinta patriotas. Los realistas, volvieron a atacar el cuartel por tierra el primero de junio perdiendo cuarenta hombres. Cuando Tomás Cipriano de Mosquera salió en persecución del batallón Aragón, el soldado Martínez -seguidor de Agualongo- le hizo fuego, rompiéndole la quijada y atravesándole la lengua.

A pesar de las heridas, Mosquera -futuro presidente de Colombia-contraatacó el dos de junio, tomando prisioneros a treinta y tres oficiales y ciento cincuenta soldados. Ese día marcó el fin de la carrera militar de Agustín Agualongo, quien en su estampida hacia el Cauca, fue emboscado y hecho prisionero por los cargos de sublevación e incendio de Barbacoas. Este acontecimiento y los caudales de oro liberaban a la Gran Colombia de las cadenas ibéricas. Para festejar el suceso, los ricos obsequiaron frutas de oro a todos los asistentes a una gran parranda popular. En poco tiempo, eran muchos los quintales de oro con destino a la corona española que se extrajeron de sus minas y ríos, aprovechando el comercio de esclavos.

Quinientos años de explotación y sus ríos continúan botando toneladas de oro, primero para España, después para América, finalmente para las dragas norteamericanas.

La tierra del oro y la libertad sobrevive encadenada a la miseria.

SAN JOSÉ DE ALBAN

Del río Quiña le arrulla el murmullo,
del anís embalsama el ambiente,
el café de este suelo es orgullo,
y el trabajo es su luz refulgente.
(Margarita Dulce de Delgado)

En esta tierra del águila y la torcaz gemebunda -entre laureles, guayacanes, mora y pomarrosa- surge la primera casa habitada por un herrero que calzaba los caballos de los viajeros. Luego se transforma en el municipio de San José de la Erre, fundada por el Padre José Gómez, en honor a las herraduras. El padre sabía de todo menos ortografía -debió nombrarla como San José de la Hache-.

Los mercaderes ecuatorianos vendedores de imágenes talladas en madera para los pueblos del norte, sintieron de pronto un extraño sobrepeso en la Virgen del Rosario. Al bordear por el Río Quiña no soportaron más el lastre. La depositaron en custodia de una indiecita de las Quiñas. Los comerciantes no volvieron, pero la Virgen se convirtió en la patrona del Caserío de la Erre, conocida por los erreños -mondos y lirondos- como la Virgen del Quiña.

En la época de la Guerra de los Mil Días, ochenta y siete jóvenes erreños del Cebadero, Capiurcho, Aguanga y la Colina de Martín, se enrolaron en las filas conservadoras al mando de los generales pastusos Gustavo Guerrero y Sinforoso Erazo para combatir y triunfar sobre los liberales en las batallas de la Unión, Barbacoas, Males, Puerres y Guachucal. Manuel Arcos Córdoba por su valor fue ascendido a teniente. Cada soldado erreño se batía contra cuatro enemigos y regresaban mostrando las cabezas de los vencidos.

El treinta de septiembre de 1901, Misia Rosa López, vendando las heridas de su hijo Agustín -lesionado en combate- arengó a los soldados erreños, mientras ellos cantaban:

De las cumbambas de Alfaro
voy a hacer un eslabón
para que saque candela
el General Escandón.

La Guerra de los Mil Días se extinguió. Después de grandes hazañas, obstáculos y sacrificios, Juan Ignacio Ortiz, Rogelio Tobar, Leonidas Ordoñez, Manuel Ortiz, Manuel Delgado y Miguel Ruales conquistaron la municipalización de San José de Albán, pero se percataron de la nefasta noticia de la separación de Panamá. El día veinte de julio de 1903, durante la ceremonia de inauguración del municipio, el nuevo concejo protestó enérgicamente contra la separación de Panamá calificándola como venta inicua del canal, al precio vil del oro yanqui y por tanto en nombre del sentimiento general de los habitantes de Albán, desconocer el gobierno provisional panameño, ofreciendo el apoyo al gobierno nacional, hasta derramar la última gota de sangre si ello fuere necesario para rescatar el departamento de Panamá. La banda Santa Cecilia dirigida por los maestros Juvenal Granja y Luis Antonio Larrañaga, clausuró el magnánimo acontecimiento.

El ejemplo combativo de los albaneses aportó veinte jóvenes a la Guerra con el Perú distinguiéndose el Cabo Luis F. Caiza.

La intrepidez, decisión y unidad del nuevo pueblo queda demostrada con el trabajo de apertura de la carretera hasta El Empate, regentados por el topógrafo Medardo Arcos Dorado, alentados por el Padre Marco Tulio Dorado y el doctor Manuel López Lurueña. Unidos los albaneses abren rocas, sellan abismos y cañones como lo hicieron en El Pailón.

Julio Ruíz, Casimiro Luna y Erasmo Zambrano dirigían las mingas con guarapo. Parecían abejas pegadas a los peñones. Dos años de extenuante tarea ganaron el objetivo. Las mujeres albanitas tomaban la pica, trabajaban a la par y preparaban vino rojo de naranja para los jornaleros de Betania, Sabaneta y Peñas Blancas, de sol a sol escuchando Radio San José del profesor Luis Alfonso Delgado, en las noches continuaban a la luz de las petromax con las caperuzas fabricadas por Vicente Buendía en las minas de asbesto.

A veces se refleja en las penumbras la imagen del padre Guillermo Vizuette entristecido porque el teatro edificado con enorme esfuerzo para refrescar la mente de los albanitas se ha convertido en un secadero de café.

RICAURTE

Avalanchas y vendavales
han esculpido tu historia
eres Ricaurte amado
imborrable en la memoria
(Nelson Ortega)

Antes del anochecer -en La Vega, Paguí y Pialapí- en medio de una espesa vegetación, flores, colibríes y olor a hoja de plátano, los indios cuaiqueres escuchan el cantamontaña y encienden los enviles para alumbrarse en las cocinas, meriendan palmito y chontaduro con sal a orillas del río Guiza avistando el paso de las recuas que vienen de Barbacoas hacia la sierra. De lunes a sábado se ocupan en la selva pero los domingos se dedican a tomar guarapo donde la Flora, vestidos con pantalón de lienzo a media pierna, sin bolsillos y las mujeres con falda larga.

En las celebraciones del señor de Cuaiquer comienza el galanteo; el indio tira una piedrita a la mujer. Si ella responde, bailan toda la noche y se van juntos a convivir durante un año, hasta el casorio en la siguiente fiesta. Es tiempo de amañe, de coger genio. Sin congeniada, devolverá a la novia sin ningún compromiso.

Los hombres se dedican a la caza, a tumbar monte, sembrar maíz, las mujeres arman el rancho con madera y hojas de rámpira.

Floro Guanga se comprometió con Melva Cuasaluzán, pasaron la prueba del amañe y ella quedó embarazada, al momento del parto –después del manteo- el indio se acostó y ella se aferró con fuerza a sus genitales. El adolorido nativo guardó la dieta durante una semana. Ella, con plena normalidad se marchó a jornalear con su crío a la espalda.

***

Los devotos de Ospina fueron a Altaquer a robarse el Señor de Cuaiquer pero los cuaiqueres lo recuperaron definitivamente. En una semana santa lo trajeron a Ricaurte y no lo devolvieron. Aglutinados, los habitantes de Cuaiquer Viejo asomaron donde el párroco, hemos venido, porque soñamos que el señorcito se ha quebrado un dedo y está sufriendo lejos de su tierra. Se apareció en los sueños y nos pidió que lo rescatemos. El cura intrigado por la superstición, fue a mirar la imagen y efectivamente tenía un dedo partido. En ese instante se desató una fuerte tormenta con avalanchas en el pueblo y en las veredas Carrizal, Cuesbi y en el Cerro Don Diego. El río Guiza se creció tanto que se llevó los puentes colgantes y a Marinilla y Franco Musolini quienes danzaban en la marimba de los Chicaiza.

TUMACO

Todo es divino en ti, todo respira.
Encanto espiritual, plácida calma
quién tu esplendor magnífico no admira
no tiene corazón, no tiene alma.
(José Aurelio Mutis)

Los tumacos hombres buenos vestidos con túnicas en fibra de coco, esculpían mensajes de esperanza grabados en arcilla, piedra y cerámicas o en terracotas con figura humana que descabezaban para cumplir rituales mágicos.

***

La lenguada estaba a la orilla, tenía un barquito para pasar a las personas de un lado al otro del río. Un viernes en la tarde estaba ya muy cansada por el trabajo del día y de toda la semana. Llegó la virgen María y le pidió la trasbordara al otro lado. La lenguada no le hizo caso y torciendo la boca remedó gangosa las palabras de la virgencita. En respuesta a la burla, la virgen le dijo: por tu agravio, tendrás la boca torcida de por vida y vivirás en el fondo del mar. Desde entonces se mantiene en el profundo de las arenas, con los ojos hacia arriba y la boca curvada, a la espera de ser pescada por su carne blanca y deliciosa.

***

El treinta de enero de 1906, la bahía miró una ola gigantesca, tan alta que ocultó la luz del sol. Todos corrieron a refugiarse a la iglesia. Cuando el padre miró la ola, salió a la Punta de la Loada, en los límites con el Morro. A la orilla del mar, tomó una hostia de un copón de oro. La sagrada forma cayó sobre el agua e inmediatamente la ola paró y se desvaneció.

***

Sobre las playas de Bocagrande, una marimba de Cajapí, dos tambores de Tangarial, la tambora de Chilví y un guazá de la Guayacana, enloquecieron de fiesta con su música africana. Cinco siglos antes, la misma música atrajo a los esclavos que buscaron la libertad. Aquí no hubo oro, por tanto no hubo esclavos. Ellos arribaron por el naufragio de una embarcación de reyes cautivos frente a la isla Vigía.

***

La noche de bohemia comienza con el maestro Faustino Arias Reinel: Noches de Boca Grande, bajo la luna plateada, el mar bordando luceros en el filo de la playa, el mar bordando luceros en el filo de la playa Tu reclinada en mi pecho, al vaivén de nuestra hamaca y yo contando luceros, en tu boca enamorada. Mas si la luna nos mira, escondida tras las palmas, te juraré amor eterno, al vaivén de nuestra hamaca.

***

Rafael Ortiz, alias caneca, en una demostración de su chispa eterna mezclada de exageraciones, mentiras y picardía, dice ser amigo personal e íntimo de Jorge Eliécer Gaitán y que tuvo que presenciar el hecho más trágico en la historia del país: En aquel fatídico nueve de abril del cuarenta y ocho, tenía cita con Jorge Eliécer, para tomarnos uno par de tintos. El negro me apreciaba de tal manera que si llegaba a la presidencia, yo sería su ministro de gobierno. Cuando alcanzo a ver al caudillo que venía muy elegante con un vestido gris, una camisa blanca y su tradicional corbata roja. También miré a Raúl Roa Sierra, que debajo de la ruana sacaba la fatídica arma y miro como el proyectil avanza e impacta sobre el pecho del caudillo. El segundo disparo -quiero detenerlo- pero me es imposible. Llego y Jorge Eliécer empieza a tambalearse. En ese preciso momento, logro a ponerle mi brazo para que caiga de espaldas sobre mi rodilla izquierda y ya en los estertores de la muerte me dijo, Rafael, los godos me han matado, ¡te entrego las banderas del Partido Liberal!

***

Leonidas Caballito Garcés, el menudo hombre querido por todos los tumaqueños, impecablemente vestido – a pesar de los cuarenta grados- camisa, saco, corbata, sombrero y pluma de colores, guitarra y paraguas para protegerla; con tremendo vozarrón y acento cubano, comienza a cantar: Yo tenía unos amores con una china, con una china, que estaba teniendo cuatro la muy indigna, la muy indigna, cinco con migo, seis con el desgraciado de su marido de su marido, siete con otro, con un viejo del pueblo eran los ocho, eran los ocho, nueve tenía, diez con un sargento de policía, de policía, o­nce con Mena, doce con un forastero de tierra ajena, de tierra ajena, trece con Pérez, catorce y el carcelero de la mujeres, de las mujeres, quince con Sixto, veinte con cinco gringos de San Francisco de San Francisco. Con dos perros y dos gatos eran veinticuatro que ella tenía la muy indigna, la muy indigna.

***

Pachín Carabalí, salió a las o­nce de la noche del Miércoles Santo de 1966 a su casa por el río Tapaje: No había avanzado más de veinte minutos cuando sobre la playa miró una reunión de espantos, llovía agua negra, llegaron las brujas, los rivieles, la mula con cadenas, demonios, duendes a caballo, la pata de la luz, la viuda, infernales diablos de cuatro caras. Diez muertos del cementerio, Satanás, tres calaveras. La tunda brava y el silbón estaban en el buque del diablo fondeado en alta mar, sus luces impresionantes, una tripulación de cinco muertos, regresados del panteón; se hundía y emergía entre vendavales y tempestades. Por fin todos desembarcaron a tomar la decisión. El miedo, el escalofrío y el misterio rodeaban el singular concurso. Antes de dictar el fallo, se acercó la procesión del terror que venía de Cajapí y Dos Quebradas. -El corazón de Pachín, retumbaba como bombo y cununo-. En el Charco de los Quiñónez, entre cantos lúgubres del temible cortejo, el descabezao dictó sentencia. Se llevarían al más malo de los mortales, al más malo entre los malos: al alcalde.

CUASPUD CARLOSAMA

Cuaspudis en franca lid
libraron esta batalla
para defender a la patria
y mantener la esperanza
(Carlos Hernán Muñoz)

Después de la expulsión de los jesuitas de Colombia, el presidente y general Tomás Cipriano de Mosquera, con su mandíbula batiente por el ataque de un soldado de Agualongo en Barbacoas, vino a Cuaspud. Le decían mascachochas, rojo masón, hereje, anticristo, que tenía estrechas relaciones con el diablo y expulsaba aromas infernales de azufre.

Llegó a pelear contra los ecuatorianos defensores de la religión y la soberanía de la patria, bajo el mando de Gabriel García Moreno. El Ecuador pretendía ampliar sus límites hasta el norte del río Guáitara, anexándose a Pasto.

El dieciocho de noviembre de 1863, la guardia republicana cruzaba el Guáitara hacia el sur. Cuando Mosquera se acercaba con sus tropas conformadas por más de mil oficiales y quince mil soldados, las gentes del sur llenaban tinajas con agua bendita y besaban el piso de los templos, para neutralizar los arrebatos diabólicos del presidente.

La iglesia ecuatoriana -solidaria con los jesuitas- donó los recursos y armó la tropa de diez mil hombres, temiendo que la persecución anticlerical de Mosquera se extendiera también al Ecuador.

El General Tomás Cipriano de Mosquera, era un hombre recursivo, duro de pelear, comenzó a moverse con marchas y contramarchas, hasta llegar el día seis de diciembre al pueblo de Cumbal.

Tulcán se convirtió en el centro de operaciones del ejército ecuatoriano, bajo la experimentada dirección del General Juan José Flórez.

Al fin se acercaron, Mosquera desde Cumbal y Flórez desde Chautalá, hasta encontrarse en la meseta de Cuaspud. Ambos bandos se encomendaron a San Nicolás de Bari.

Un batallón colombiano se tomó Tulcán, haciéndose a cien prisioneros y el depósito de víveres, vestuarios, armas y municiones.

El domingo seis de diciembre, amaneció despejado con cielo azul. Los resplandecientes picos del Chiles y del Cumbal serían mudos testigos de los sucesos. Los ejércitos madrugaron a formar, tocaron las trompetas, redoblaron los tambores. Los capellanes confesaban a los pecadores y animaban a la tropa a vencer a los herejes vasallos del excomulgado Mosquera, compadre del demonio, agente de los infiernos. La batalla sería santa. Al ejército de Mosquera se aunaron voluntarios de Chavisnán, Carchi, Chunganá y Macas. Las mujeres de San Francisco y el Capulí apoyaron a los soldados con el rancho.

Tomás Cipriano -despistó a Flórez- marchando a territorio ecuatoriano tomándolo por sorpresa.

El desconcierto fue tan grande, el combate tan atroz que el pánico se apoderó de los batallones Imbabura y Latacunga que se dispersaron y huyeron. Aprovechó Mosquera la desesperación de los ecuatorianos para propinarles una bestial derrota. Flórez escapó por la Puerta de Pastás.

Al filo del medio día de aquel soleado domingo, novecientos muertos están tendidos sobre el plano de Cuaspud, doscientos heridos y dos mil prisioneros, todos del ejército ecuatoriano. Mosquera cuenta sus bajas, o­nce oficiales, cincuenta soldados y cien heridos.

La victoria fue apabullante. No valieron beatas ni rogativas, sacristanes ni cofradías, velas ni procesiones, inciensos ni responsorios, el satánico Mosquera ganó a los rezados. Desde el techo de una casucha Mascachochas ordenó trago con pólvora para sus soldados y que la banda de músicos toque la guaneña. Luego, liberó a los prisioneros, socorrió a los heridos y prohibió los monumentos para no herir el orgullo de los ecuatorianos.

Cada seis de diciembre, los campesinos de Cuaspud escuchan el galopar de los caballos, el eco de las dianas, el tableteo de los fusiles en medio de una laguna de sangre, y miles de hombres van cayendo sobre el pantano.

LA FLORIDA

Un campo de floripondios
Mombuco de luchadores
Florida la heroica campiña
terreno de forjadores
(Julio Cesar Mesías)

Servio Salas tenía cuatro años el día que acompañó a su progenitor desde El Rodeo, a rebuscar plátanos a Chacaguaico. Mientras tanto, dejó al niño montado sobre el caballo. Una hora más tarde con dos racimos en las manos, su padre encontró solamente la bestia relinchando. El crío no estaba. Lo buscó por los matorrales, por la quebrada, bajo el puente. Lo llamó a gritos por todos los rincones. El niño no aparecía. Pasó la mañana y nada. Regresó al Rodeo a llamar a la familia, a los vecinos. La vereda entera se lanzó en búsqueda del menor. Pero no había rastros, ni restos de Servito. Quince días después y el pueblo de la Florida en pleno participaba en la indagación de la extraña desaparición del pequeño. Escudriñaron por Matituy, Barranco, Catauca, Chilcalito, Yunguilla Duarte y en el Zanjón de Pocaúro. Otros registraron por la Cuchilla de Mombuco, justo por donde había pasado el Libertador en los años del tropel.

Antes de suspender el rastreo y darse por vencidos, trajeron hasta Chacaguaico al padre Arnulfo Jaramillo, para que celebrara por el alma del chiquillo. El llanto de sus padres y la desesperación de la comunidad acompañaban este ritual trágico y misterioso.

Finalizada la ofrenda y la infructuosa pesquisa, exclusivamente su padre metido en las quebradas y en las partes tupidas de los bosques inquiría por su hijo. Ni una señal, ni siquiera un tirón de sus ropitas.

Dos semanas más tarde, Federico España encontró al niño, jugando feliz en la Quebrada de Pachindo, brincando las piedras del riachuelo, cantando y conversando solo. Federico con mucho cuidado se metió entre los arbustos pero no miró a nadie más. Se persignó y dijo una oración que le había enseñado su madre: Angel desventurado, sin alivio no consuelo, canta glorias en la tierra, como cantabas en el cielo. Temeroso se arrimó al chico y en sus brazos lo condujo al Rodeo.

La multitud, su familia, no salían del asombro, bañaron al niño, lo cambiaron y lo trajeron a donde el sacerdote Arnulfo Jaramillo a la iglesia de la Florida. Servito les contó que un duende muy bonito lo bajó del caballo y lo trasladó a jugar por las quebradas, ingiriendo semillas de las plantas del campo. Todo el tiempo comió pepas del monte. En las noches dormía en las copas de los árboles de aguacate, no sentía hambre ni frío pues el acompañante lo protegía y lo volvió invisible. Les expuso que el amigo lo abrigaba y solo él podía verlo, nadie más. Lo transportaron al puesto de salud en donde botó todas las pepas.

Luego del insólito acaecimiento, Servio Salas hizo su vida normal, estudió en la escuela, en el colegio y se graduó como profesor. En los recreos conversaba con el espíritu del monte. El duende se ha vuelto joven, simpático y acompaña a Servio en su vida corriente.

Servio ya no está enduendado -decía su padre-, pero sigue comiendo pepas.

***

A la señora Nelly Guerrero no pudieron desenduendarla. Todos los días iba a La Chorrera del Guilque a recoger naranjas. La gente miraba que no eran naranjas, sino cagones de caballo. No se curó, murió almacenando cagones.

***

Abel Pazos sintió la compañía de un espíritu en forma de vieja que no le permitía trabajar. Al principio la soportó, luego se aburrió y desesperado vendió todo para marcharse con la familia a Sibundoy. A su nueva casa allá en el Putumayo, arribó también la Vieja, esto está muy feo –le dijo ella-regresemos a La Florida. Abel volvió con la mente perdida, se internó al monte en donde la Vieja lo ahorcó con unos bejucos. El sirviente de Guilque lo desenredó pero ya estaba muerto. Ahora anda enduendado el sirviente.

***

El Obispo de Pasto Ezequiel Moreno Díaz condenó a los liberales de la Florida con el pecado mortal por practicar el baile de la culebra del partido liberal; se reunían en un salón, colocaban al crucifijo en el centro y le daban correa a la imagen mientras bailaban alrededor tomando guarapo.

Esa ofensa animó a los hermanos Reinaldo y Manuel Santacruz a vincularse a los escuadrones conservadores. En la batalla de Guachucal contra los liberales, murió Manuel, en tanto Reinaldo sería apodado el León de Cascajal. Los hermanos Santacruz amarraban de pies y manos a los soldados del gobierno que desertaban y como cuzos se ocultaban en la bamba de los palos -al pie del Galeras- cerca del Barranco donde Taitico Dios le reveló su divino rostro con corona, espinas y sangre al campesino Leandro Parra cuando cogía unas hojas de sachapanga.

EL TABLON DE GOMEZ

Nuestras voces te aclaman gozosas
y te cantan la gloria
salud de la gente tablonera
Juanambú que rumora airoso
en los campos que tiene El Tablón
(Fidel Márquez).

La enorme tabla cual larga mesa entre los ríos Juanambú y Janacatú es el lugar en donde Antonio Nariño venció a los realistas el 26 de abril de 1814. Pero en esa batalla murió Pedro Girardot, hermano de Atanasio.

En tiempos de la colonización de Juan Anabut, habitado por los ingas, al pie del Doña Juana, el señor Lorenzo Gómez fue apresado por los Apontes, asegurado a un madero y lanzado al Juanambú. En el río la tabla dio vuelta y lo salvó. Lorenzo volvió y fundó el pueblo con el nombre de Tablón de Gómez, al que se unieron Aponte y Las Mesas.

Vicente Gómez y Jesús Gómez, compartían el apellido pero no existía parentesco entre sí, eran amigos. Un día decidieron encontrar el camino más directo para atrapar el oro del Cascabel atravesando la selva del Volcán Doña Juana, en solamente veinticuatro horas. Llevaron como avío: charrasco, envueltos de choclo y cojongos para dos días. No reaparecieron. Los pobladores de Runduyaco, Gavilla Alta y Doña Severa, iniciaron el rastreo. Los de Las Cuevas y Las Aradas, atravesaron la montaña. Los de Pitalito y Fátima, indagaron. Los de Guarango, Tajumbina y las Yungas tumbaron el monte, pero los expedicionarios no regresaron. No había huellas, ni vestigios. Pidieron a los médicos tradicionales de Aponte: José Chasoy, Benigno Mavisoy y Antonio Janamejoy para que guiaran el camino de vuelta de los perdidos.

En Las Mesas, ofrecieron de recompensa la misma cantidad que cien años atrás Pascual Delgado y Luisa Riascos cedieron a Tiburcio Gómez por el pueblito. Es decir pagarían al que diera alguna información por los ausentes, la cantidad de cuatrocientos patacones, un zurrón de miel y un gato.

En Aponte, los alguaciles del cabildo -clamando a los evaporados- colocaron una inmensa cruz adornada con flores y danzaron a su alrededor, hicieron el carnaval del miércoles de ceniza; no dio resultado. Transcurrieron los días, los meses y los años hasta que se olvidaron.

Nueve años después, localizaron a los desaparecidos –al inicio del camino- a menos de doscientos metros del pueblo, sus ropas limpias, fiambre en las mochilas, sin huellas de violencia, insolación, hambre o ataques de animales; de pie, en actitud normal de caminantes, sus cuerpos tibios olían a yerbas. Plenamente intactos, pero muertos, sin haberse descompuesto. Con la mirada tranquila dirigida al Volcán Doña Juana.

La gente dice que la ilusión los encandiló para raptarlos. La ilusión que habita en el Volcán desde el día de lo embrujos.

Juanita era una muchacha muy bella, hija de doña Juana - bruja de la ciudad de Quito-. La muchacha viajaba para Popayán a escondidas para casarse con su novio lejos de la oposición de su madre y de toda la familia. Juanita se fugó trayéndose el oro, cortejada por varios macheteros. En El Tablón de Gómez la pilló su madre y la hechizó convirtiéndola en roca, junto a los sirvientes y a las mulas cargadas. Sin embargo, se espantó de su propio agüero, se invocó así misma y se solidificó en el Volcán Doña Juana, al lado de su hija, las mulas y los macheteros.

Desde aquel nefasto día, Doña Juana atrapa a los hombres que ella cree van a rescatar a su hija para casarla a Popayán. Juanita anhela el día del amor definitivo; en las noches de luna llena declama su lamento en inga:

Nucanchik canchimi puriduscuna caycausaipi
Nucanchil canchimitaspuduscuna cay pungí y muscuy
Micuy y aligría y muscuy
Cuyanchimi nucanchik tamiay
Cuyanchimi sapalla cauaspa altuma taiticucinama

Halli yuyarispa antiu ginti nucanchipa suyanacunchin cunancam chi capachu nucanchitak charami manchachicum y manchay y camjuá hastak causancama. Pudinchim cuyanga sinchi charispa. Nucanchi pudinchimi cuyanga y nucanchipa cuyaringa y chasacsuglla. Rurarispa allicuyarispa. Pudinchim uhañunga.

Somos caminantes de la vida
sembradores de sueños,
semillas y esperanzas.
Amamos la lluvia,
la soledad y el cielo

En nombre de nuestros antepasados, esperamos pacientemente se rompa el hechizo que nos paraliza en el tiempo. El amor no puede vivir aprisionado. Vinimos para amar y amando moriremos.

GUALMATAN

Gloria a tí Gualmatán de mi vida
Dios perpetúe en tu raza el valor
que tu historia sea antorcha encendida
de los pueblos y razas honor.
(Dalmiro Quiroz Yepez)

Después de juntado el ganado, faltaba un novillo. Uno de los peones salió a buscarlo entre los arrayanes y carbunquillos, el novillo estaba al pie de un árbol. El indiecito Taticuán sintió su frente mojada de tinta roja como sangre. Estremecido miró hacia arriba y descubrió la imagen del señor crucificado. Apresurado, volvió con la noticia de su encuentro a Taita Dios. A partir de ese día en ese mismo lugar la romería de Cuatis, Boquerón y Charandú, dio inicio a la construcción de la capilla, y a su alrededor el pueblo de Gualmatán. Cuando el párroco transportaba la imagen a Pupiales, el Nazareno volvía solito hasta que no lo movieron más.

Volvió para acompañar a su gente y para iluminar el cerebro de Julio César Benavides Chamorro.

Julio César, nació en el Molino de Cuatis. En el taller de su casa con planos en mano y la paciencia de Job fue haciendo realidad su sueño de planear. Sus padres -Santiago y Teodosia- sorprendidos miraban día tras día la dedicación de Julito, creando mil fórmulas que le permitieran sostenerse en el aire. Varios años de encierro doméstico produjeron los frutos. Primero en su casa, luego ante los incrédulos vecinos, Julio empezó a realizar las primeras pruebas en un aparato informe que paseaba por unos instantes sobre la cuadra de la casa. Los experimentos se extendieron en Los Cedros, La Cofradía, el Yadé, tomando nota de la dirección del viento, la temperatura, el peso de la extraña nave y técnicas que solo él interpretaba. Luego con mayor entusiasmo se lanzó desde la Loma del Medio, logrando cruzar hasta El Panecillo. Los moradores de las veredas miraban sorprendidos. Los gritos de emoción acompañaban sus intentos de volar. La nave podía despegar vertical u horizontalmente, aterrizar en cualquier sitio. El aire comprimido equilibraba el peso con la fuerza. Transcurría el año de 1929, justamente a los treinta y siete años del inventor.

A dos años del inicio de las prácticas, Julio César Benavides Chamorro notificó a las autoridades, personalidades y público en general su proyecto -el aeromóvil- y perpetró ante la mirada atónita de sus habitantes el vuelo inaugural sobre los aires de Gualmatán. Allí estupefactos se congregaban junto al padre Manuel Hormaza, Emilio Burgos, Gilmar Anaguán, los hermanos Morillo, el saxofonista Nicomedes Ibarra, Elías Erira, los hermanos Maya. La plaza era un hervidero humano.

Sin tomar impulso, el aeromóvil se elevó lentamente sobre la plaza, se mantuvo inerte en el aire, remontó la iglesia del Señor de los Milagros, de deslizó las casas de Maura Pantoja, de los Morán, de los Cuaspa, el convento de las Dominicas y se posó en la misma plaza en donde décadas más tarde un comando urbano del M-19 -proveniente de Cumbal- asentaría sus consignas revolucionarias frente a la imponente estatua de Simón Bolívar. La aglomeración que con la boca abierta había seguido la acrobacia, se volcó a abrazar al inventor en una avalancha de ruanas. Los excombatientes de la Guerra de los Mis Días, Pacomio Revelo y Julio Ortega resguardaron al piloto. El alcalde trajo la banda y la pólvora. Miguel Ipiales con la niña José abrieron el baile. Juvenal Galindraz no se quedó atrás, pero en su borrachera dijo yo voy a hacer un invento mejor: Haré volar a mi hijo el piloto, y en vez de gasolina, licuaré mierda de gallina.

El pasmoso ensayo fue aclamado en medio de los hervidos de guayusa, el hornado de María Ruales y el frito de Rosa de Mallama.

Al día siguiente, colmado de emociones, el inventor Julio César despegó desde el cerro Paja Blanca en un viaje de larga duración. Su madre le preparó molo de papa chaucha y rosquillas de avío. Decidió salir de los dominios de su pueblo, declamando con tristeza lo que la inspiración le dictaminaba:

No sé que tiene ese rincón querido
do el nombre nace que su vida encierra,
ese pedazo del edén perdido
ese que llama cada cual su tierra
No sé que tiene para el alma triste
ese recuerdo de la edad primera,
que desde la tumba hasta el umbral persiste
como viva y tenaz enredadera
Por eso el alma se encariña al suelo
por eso en cada flor y en cada piedra
con fuerza el hombre entrelazó su anhelo
como al torreón se entrelazó la hiedra.

Sobrecogido por el enternecimiento, remontó El Contadero, persiguió San Juan, con la idea de aterrizar en Pasto -en la gobernación del departamento-. Encima del Pedregal algo falló, una corriente de aire le impidió avanzar. El invento y su piloto cayeron a plomo sobre el Cañón del Guáitara, acabando los sueños y la vida del más famoso forjador, cuyos planos hurtados por los alemanes darían lugar al helicóptero.

La tristeza embargó a Gualmatán. Decretaron nueve días de duelo municipal. Esta vez las campanas tocaron a vuelo.

BOCAS DE SATINGA OLAYA HERRERA

Eres grande oh mi Olaya Herrera
con veredas con ríos y mar
cabecera Bocas de Satinga
que hermosura oh tierra natal !
(Felisa Caicedo)

El Patía solo salía por Salahonda y las Bocanas. Enrique Naranjo se ideó un canal de un metro de profundidad a lo largo de medio kilómetro. Construyó una tranca con una puerta que al abrirla produciría la comunicación normal entre los ríos Patía y Sanquianga. Los cálculos erraron. La fuerza del Patía sobre el Sanquianga, rompió la tranquera, abrió el canal y se desmadró el río, con una creciente fenomenal, producto del represamiento del Patía Viejo.

Los winches no sirvieron, las compuertas tampoco. Las gentes desesperadas acudieron innumerables veces ante el INDERENA, todavía se podían salvar de la catástrofe que se avecinaba, el canal aún tenía tres metros de ancho. Nada consiguieron del gobierno. El río Patía, arrastró con el Saquianga y terminaron inundados para siempre los fértiles valles.

El río Patía que era más caudaloso y alto, engendró una soberbia cascada que arrasó con todo, anegando sementeras, fincas, parcelas, los gigantescos cedros, los arrozales y los frutales. Los pobladores demandaron al estado, ganaron los derechos de tutela y las acciones populares, pero el río se fue por encima de las sentencias.

Las haciendas de palma, chontaduro, naranjos, se encharcaron; desaparecieron Tumaquito, Soledad, Naranjal y Herradura. En Pambil se estableció una laguna, ahora el río se llama Patianga.

El agua ha ido causando estragos. Unas partes se deterioran otras sedimentan las bocanas del mar. El truncado invento de Enrique Naranjo, cambió el hábitat de las especies marinas y empantanó en la pobreza a los habitantes de Bocas de Satinga afectando el parque natural de Saquianga y la Playa de Mulatos.

Pocos años después de la inundación, el canal tiene trescientos metros de ancho y es imposible navegarlo en imbaburas. Con la avalancha se acabaron los flujos y reflujos del Saquianga que aprovechaba la marea para subir al río y la vaciante para bajar. Anteriormente se iba y regresaba en el potrillo sin mayor esfuerzo, ahora el agua va en un solo sentido.

Cuando Sixta Payán quiso salir en su canoa, escuchó un aullido espeluznante que la desmayó de la impresión, era El Gritador paseando por el río. Los responsables de esta tragedia no son Enrique Naranjo ni el INDERENA es El Gritador – dijo la mujer- esto no se soluciona con demandas al gobierno sino con una cinta negra cruzada contra el espanto.

Con ese aciago ensayo perdieron todo, menos la pobreza y los extraños nombres de sus habitantes Cantalicio, Siriaco, Eráclito, Sulpicio, Aniceto, Amancio, Perfeta, Tecla, quienes no tuvieron otro remedio que comer arroz endiablado, silencio de pescado y cantar la pangora.

Yo tenía mi pango pangora
Y yo lo vendí pangorita
Con la plata del pango pangora
Yo me voy a ir pangorita
Pangorita, pangorita, pangora, pangorita.
Ayúdame prima pangora
A llevar el pangón, ay pangora
Porque se me arranca pangora
La ala del corazón, ay pangora
Pangorita, pangorita, pangora, pangorita.
(Heriberto Qiñonez- Pablo Rodríguez)

LA CRUZ DEL MAYO

Recostada al pie de Doña Juana
se destaca cual bello capuz,
muy gentil, señorial y galana
la sultana del Mayo: La Cruz
(Miguel Angel Rangel)

Rosas, jazmines y violetas, expiden fragantes olores en los jardines interiores y en las maceteras de las casas blancas de amplios alares. Los corredores internos con pasamanos bellamente ornamentados, en competencia de flores con las casas vecinas. Hacia atrás un inmenso patio y otro posterior antes de la huerta sembrada de anís. Los portones anchos para que entren las carretas de bueyes que vienen del Morochillo.

Es sábado y huele a horno de barro, a quesos envueltos en hojas de achira. En las calles empedradas de dilatados corredores de ladrillo y piedras canteadas -en dirección al marco de la plaza- caminan los cruceños a comprar la leche y el pan por diez centavos a donde las mujeres campesinas que madrugan en desfile desde La Estancia. Allí están Hilaria, Juana, María Canuta, de follados, sombrero, pañolón, con grandes calderas de leche y canastas de pan de maíz -entre paños blancos- hechos en el horno de Isabel, la esposa del pobre Luis Realpe.

Sobre los andenes se oye las interminables conversaciones de los maestros, Manuel Agustín Ordóñez, Pastor Bolaños, Gonzalo Bravo, Jorge Buendía Narváez, Salvador Pérez y Manuel Antonio Delgado Torres -autor de los discursos de todo entierro-. Los originales nombres sin tocayo transitan por un lado: Fenelón Palacios, Nacor, Milo Gamaliel y Lulio Bolaños.

El domingo es especial. Es el día de descanso de la Normal de Señoritas. Las bellas muchachas van a misa por la misma ruta por donde los hombres corren a recoger el agua a la pila de la plaza o a la esquina de don Virgilio y al chorro del medio: para el baño diario, para la comida y para blanquear las casas con cal.

Las viviendas son blancas, de teja, levantadas en el mismo lugar de los ranchos de paja quemados con la erupción del Volcán Doña Juana en 1903. Por sus vías recorren con el chisme del día, todas las Marías: María Floja, María Mica, María Cachaca, María Alvoltear y María Julumitos. Y en la esquina Daniel Tullido hostiga a los niños con el cuchillo de la zapatería.

Después de la misa, el almuerzo dominical: sopa de pringapata o sopa de telas y carantantas. En la tarde el avío para pasear a la Estancia, a los termales de Tajumbina y degustar las gelatinas, el dulce de chicharrón y el pan de mote.

La Cruz es naturaleza y armonía: Los molinos de piedra, el puente de cal y canto en la Vereda Llano Grande, los hombres rusios y las mujeres de ojos verdes, encajan con el paisaje. De ahí surge como fantasma, Aldemar Muñoz, impecablemente vestido de blanco entero, cabellos largos y bigote negro, acogiendo a los visitantes con sus poemas -parece un hippy entre las montañas-.

La paz se respira en los montes, en las veredas, en los hogares de esta ciudad maestra. El Cerro Petacas, el Cerro la Campana, el Púlpito, rodean los sueños regados por el Río Mayo que en Las Juntas se une con el Tajumbina. En el Cerro Animas está el oro y en La Caratosa la desgracia por el accidente del avión de AVIANCA con sus veintiocho muertos, un 24 de diciembre de los años sesenta.

En las noches crece la desconfianza al Guando, que pasea cargando un ataúd. En el día los cuarenta liberales no pueden salir a recoger el agua por los cuatro mil godos que han retornado al poder.

Diagonal al teatro edificado por su cuenta, Miguel Angel Rangel ha montado la imprenta y su propio periódico Abismos, en donde escribe Tierra Chinchana:

Que linda es mi tierra, mi tierra chinchana
que cada mañana se viste de sol
y al caer la tarde se inundan sus montes
y sus horizontes,
y sus horizontes en tinte arrebol.
Oh tierra querida pedazo de cielo
es tanto el anhelo que siento por tí
que la misma vida la diera gustoso
por el suelo hermoso,
por el suelo hermoso en donde nací.
Te ofrece la fuente su suave murmullo
la torcaz su arrullo y el sol su esplendor
y la brisa leve sus dulces rumores
y los ruiseñores,
y los ruiseñores sus trinos de amor.
Y con sus mujeres bellas y graciosas
como mariposas de regio pénsil
adornan sus campos con sus labios rojos
sus hermosos ojos,
sus hermosos ojos y talle gentil.


IMUES

Bajo un cielo de luz y esperanzas
junto al Ande de picos hermosos
proyectando tu fe y tu pujanza
te levantas Imués victorioso
(Arturo Solarte Córdoba)

El viernes santo se abren las puertas del Cerro Gordo, una basílica enorme en donde habita la gallina con sus pollos de oro macizo. El cerro está encantado por las brujas, al penetrar, suena un campanario. Si alguien entra no sale más, permanece acompañando a los Pimbas.

En la Loma Alta, la familia Belalcázar enterró la vajilla de oro en una bolsa de cuero de res.

En el Cerro Cambutes, cubierto de achupallas, chilca, encino y musgo de páramo permanece el espíritu de los aguaceros. Para que llueva hay que subir a gritarlo a las bocanas.

Y en Panagán brotó la flor más linda, una de las dos hijas del jefe de la parcialidad. Los hombres combatían por ella, su nombre Silamag. A ella, ninguno le conmovía su corazón. Los más opcionados: Talag y Almag. Muchas lunas transcurrieron para el enamoramiento. El afortunado fue Almag.

Talag, colmado de celos, envidia y venganza, planeó la temeraria acción. Esperó el momento en que Almag y Silamag estuvieran juntos en el monte, al sol de los venados.

Un día martes, mientras los amantes andaban por el lago sagrado de Guaramag, Talag subió enfurecido por Chirristés y como buitre descendió a la playa, a traición sorprendió a su enemigo indefenso; lo golpeó brutalmente y lo dejó moribundo entre las espumas de la ribera. Lo sacó luego a la arena y con una piedra le trituró la cabeza y el corazón. Arrojó el cuerpo al caño y desatrancó el lago para que las aguas lo arrastrasen.

Ante este horripilante crimen, Guaramag se enfureció, se encrespó, rugió, tomó impulso, rompió las barreras y agarró a Talag, envolviéndolo entre los remolinos de sus olas represadas.

Silamag, doliente por su amarga soledad, lloró desconsoladamente hasta formar la bella fuente que no pudo alimentar el lago. A partir de ese momento aparecieron tiempos difíciles, la sequía afectó al pueblo de Imués.

El insoportable verano causado por el derrame del lago, hizo partir a Cambutés al Boquerón sobre las vegas del Guáitara, a robarse una nube. La consiguió y la trajo como ovejita de rebaño para que detrás de ella vinieran otras nubes y lloviera en la región.

Una nubecita blanca apareció en El Pedregal y lentamente subió por Chirristés. Sorprendidos miraron los oriundos desde Camuestes, el Atizal y Pescadillo, que quien con tanta maña, pasito a paso y mucha delicadeza arrastraba la nubecilla cuesta arriba como una tierna corderita, era Cambutés. El coronó al alto del cerro, tomó el nublo con cariño entre sus manos, lo soltó sobre el cielo de Imués y atrajo el temporal que inundó el lago sagrado.

CHACHAGUI

En campiñas de luz y victoria
en celeste visión del Edén
bravo pueblo cosecha la gloria
con los lauros que ciñen su sien
(Alberto Quijano Guerrero)

En las noches las formas sutiles de lo imaginario desde sus guaridas protegen el territorio. Al norte un hermoso pavo real, arrastrando una guasca, conduce a los incautos a la cueva de la muerte. Por el sur los bultos, dan rodeos paralizando a los trasnochadores para tornarlos en piedras. En el oriente, el duende, la vieja y la viuda, ocupan sus puestos de centinelas. Al occidente los resoplidos de las mulas y el ojo de puro encantado hacen perder el conocimiento. Y en el centro desde la montaña del Condur, el ave sagrada extiende sus alas enormes y hace la noche o la cierra en las mañanas, retornando el sol con una suave sonrisa y olor a guaico. Es Chachaguí, la de aguas buenas formadas por la Tebaida, Matarredonda, el Chiribío, Guapiuy, Cochacano y Vergel.

Cuando los Quillacingas se mueren, abren las sepulturas grandes y hondas y embuten sus haberes: collares de oro, cobre y tumbaga. Si los fallecidos son señores principales, les echan dentro del hoyo algunas indias del servicio. Los vecinos dan al muerto de dos a tres mujeres. Primero, les dan mucho vino de maíz, hasta embriagarlas y viéndolas sin sentido las meten en la sepultura para que tenga compañía el extinto. Junto a las mujeres condenadas a la prematura muerte, colocan cántaros de chicha, brebajes y otras comidas. Luego cierran el hueco con puertas de chagualquero y encima tacan la tierra. Después a bailar al ritmo de ocarinas, silbatos y bombos, ingiriendo abundantes bebidas, mezcladas con fritanga y envueltos de maíz.

Los indígenas de Chachaguí, tienen su propio dios Maspapuy, es una estatua en piedra de regular tamaño dentro de la peña. Cuando no quiere llover, lo sacan de la cueva a la plaza. Liban guarapo muy fermentado en mates y danzan alrededor de la estatua pidiéndole un chaparrón para sembrar el maíz, la ahullama y los aguacates. Luego lo pasean en grandes procesiones.

Si el dios Maspapuy no manda el agua, lo azotan y lo guardan en la cueva. Allí permanece escondido hasta que triste por el encierro por fin hace gotear.

En el último verano intenso pretendieron ubicarlo; no lo encontraron. El gobierno había construido sobre la cueva sagrada, el aeropuerto de Chachaguí.

***

Tomás Burbano en la cantina Recuerdos del Porvenir ha ofrendado su reconcomio:

No sabes con cuanta tristeza de ti me despido
muy pronto me voy a otras tierras, muy lejos de aqu
llevando grabado en mi mente muy gratos momentos
de horas alegres con tigo en Chachaguí.

Me está esperando el avión
que pronto inicia su vuelo
con tigo queda en el suelo
mi corazón.

Y en los jardines hermosos
de Chachaguí tan florido
mi canto tiene su nido
y la inspiración.


Continúa Parte V

  

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